Historia

Los Patios de Córdoba, una tradición que este año ha hecho historia convirtiéndose en Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Descubre todo lo que ha llevado a esta arraigada costumbre cordobesa a ser valorada y reconocida Internacionalmente.

Patios aparte

En Córdoba existen recintos que no se abren durante el mes de mayo y que son piezas arquitectónicas de gran valor.

Desde la calle, se ven zaguanes que anuncian verdaderos paraísos

"En el fondo, por entre los barrotes de la cancela, muy a lo lejos, al final de una galería oscura, se columbraba un huerto lleno de luz..."
La feria de los discretos, Pío Baroja, 1905.

En Córdoba  no solo tenemos patios que abren puertas, también tenemos huertos escondidos, patios  encerrados en sí mismos, desconocidos para la mayoría, jardines ocultos todos ellos. Solo basta dar un paseo por la ciudad y observar discretamente las puertas entreabiertas. Algunas nos muestran apenas un trozo de zaguán que anuncia un paraíso.

Una puerta de pino gallego tachonada con clavos de forja, que abate sobre un umbral de piedra negra de Córdoba, una solería de baldosín catalán con olambrillas de Triana, o una alfombra cerámica de baldosa hidráulica de geometría hipnotizante... Empujamos la puerta deseando que los goznes estén bien engrasados, y allá al fondo, tras la reja, la luz sobre la cal y el verde intenso de un bosque de aspidistras y helechos nos anuncia un paisaje oculto.

En un reciente trabajo de campo en el que he tenido la suerte de colaborar, se han rastreado 446 inmuebles, casas patio, casas de vecinos, corrales, casas de paso, de los que se ha tenido alguna noticia de su existencia en los últimos 50 años.

Proviene este listado del catálogo de bienes protegidos del Plan Especial de Protección de Casco Histórico, de los listados dePatios  presentados al Concurso, del rastreo de fotografías aéreas, planos, archivos... De los 358 que aún quedan en pie, hay un buen número que están en perfecto estado, cuidados y vistosos.

Sin embargo, en 2012 tan solo se presentaron 50 a concurso. En la mayoría de los casos, sus cuidadoras suelen ser gente mayor, que rehúsa el Concurso de Patios  por la carga de trabajo que supone, por la generosidad que se exige, por la extenuación de quince días con la casa llena de invitados. Pero aún hay más aparte de estos. El Concurso, con cierta lógica, está orientado hacia un turista medio, que, mayoritariamente, valora por encima de otras cosas el ornato, la limpieza, el orden, la compostura exuberante del espacio.

En la oferta oficial, aún fuera de concurso, hay otros patios  de indudable interés, integrados en edificaciones de carácter institucional. Sorprendentemente, la convocatoria oficial deja de lado verdaderas joyas arquitectónicas, que resultarían muy interesantes a un visitante algo más interesado por el hábitat o la arquitectura. No son pocos, y su proveniencia o carácter es tan variada que bien merecen una tematización.

Del mismo modo, patios, jardines o huertos conventuales merecen atención aparte. Aunque aquí no haya espacio para desplegar el catálogo completo, podríamos nombrar tres de ellos cuyo acceso es relativamente fácil.

El convento de las Capuchinas, con acceso por Conde de Torres Cabrera, nos ofrece un patio porticado con generosas galerías, potentes columnas de diversa procedencia, paredes encaladas y un suelo empedrado que confieren al espacio un carácter modesto y acogedor, un oasis a un paso del bullicio de Las Tendillas.

El segundo de ellos es el convento de Santa Isabel de los Ángeles, frente a la Iglesia de Santa Marina. Este se abre a la ciudad mediante un compás de acceso con la misma modestia en lo material que el anterior, sin embargo su mayor tamaño y la presencia de dos enormes eucaliptos le proporcionan personalidad propia.

El tercero es un anuncio. Caminando por la más austera y especial plaza barroca que hayan podido visitar, los paseantes advierten tras la tapia del convento de Capuchinos una hilera de imponentes cipreses anunciando la existencia de un huerto-jardín oculto, otro más. No se puede disparar la imaginación de una manera tan potente con tan escasos elementos, lo dijo Rafael de La-Hoz de esta plaza: "Jamás en arquitectura se ha dicho más con menos".

Y en este repaso apócrifo nos quedan los patios  olvidados, los otros, aquellos que a simple vista generan rechazo en el visitante menos iniciado, pero que a algunos nos emocionan porque representan una tipología que no es común o bien porque en su más absoluta decadencia, falta de decoro, apariencia espartana y desnuda, se nos presentan como la auténtica esencia y soporte de lo intangible, de la convivencia o de la pasión por las plantas. Solo citaré uno, el corral de vecinos, también casa de paso, ubicado entre la calle Isabel II y la plaza de San Eloy. Una larguísima galería simétrica, que en planta alta cuenta con un masivo pretil opaco, da acceso a la hilera de viviendas situadas en ambas plantas. Su imagen nos remite a la Posada del Potro, un pariente lejano, tipológicamente hablando. Este edificio conserva la esencia de la "casa de los muchos", ese concepto que la Unesco ha decidido elevar a la categoría de Patrimonio Cultural Inmaterial. La inclusión en esta lista nos compromete a mucho, pero se trata de un reconocimiento mundial que también nos brinda oportunidades.

En el propio acto de desear su valoración, la ciudad reconoce la necesidad de protección y conservación.Parecelógico,portanto, que el flujo económico que se derive de este espaldarazo debe revertir sobre los propios patios y sus habitantes, aquellos que generosamente nos brindan la oportunidad de acceder a sus paraísos.

El blog del autor en http://rafaelobrero.wordpress.com

Un legado intangible

La Unesco ha reconocido el patio de la convivencia y la acogida con olores a puchero para todos, a jabón de sosa y a madre compartida. Son museos vivos que expresan el orgullo de ser de Córdoba, del Sur acogedor, a compartir vida

Cómo explicar que un patio de Córdoba no es un conjunto de flores en mayo; que la fiesta es sólo un arrebato puntual y el patio es la implosión eterna, la que impregna el epitelio, lo sensorial, desde la gestación hasta el último día.

Un patio en Córdoba es una emoción, la forma de nacer físicamente a la vida y a un modo de vida; un medio en donde reconocer mucho más allá de abriles y primaveras, de tiestos azules y rejas floridas, de escenario de coplas y tópico andaluz. Porque en sus genes y en su sentir van los de Egipto, Siria, Grecia, Fenicia o Roma. Todos notarios, sin fronteras ni tiempo, de esta nueva cultura para algunos; ancestral, cotidiana, esencial y consustancial al origen del ser y el estar cordobés.

Un patio cordobés es una abstracción, un cúmulo de sensaciones insaciables que se renuevan y se adivinan detrás de cada esquina, frente a la portada señorial que promete el de los palacetes, las casas encantadas y los conventos.

Escenarios de leyendas y tantas veces platós; suntuosos zaguanes y rejas andaluzas que dejan entrever las tazas de mármol, a menudo plagadas de flores, como nadadoras multicolores que rinden homenaje a los surtidores de Al-Ándalus; arcadas, celosías y balaustradas, maderas nobles de linajes feudales; rincones de inspiración y de esperas, en donde todavía lucen las mesas de caoba sobre las que trasnocharon los poetas y escritores de Córdoba; las mecedoras de rejilla en donde se soñaron y lloraron amores, y los bargueños bicentenarios guardianes de secretos eternos. Patios de mármol y azulejos vidriados; de incienso y capuchinas a media luz; de fuente discreta y visillos de alcobas inabordables.

Un patio de vecinos es igualmente un palacio sin servidumbres ni rangos; sin enchinados ni escudos nobiliarios, con habitaciones que todo lo guardaban en un solo espacio minúsculo. Es el patio que se adivina por las callejas de Santa Marta y Santa Marina; el patio de la convivencia y la acogida, con olores a puchero para todos, a jabón de sosa y a madre compartida. El mismo patio de las mañanas de las Siete Revueltas, el Pozanco, San Basilio, el Campo de la Verdad o Los Olivos Borrachos; el patio del recuerdo, el de la plaza de Vallina, el de la Casa de la Fuente, el de los primeros rayos de luz que se busca en la despedida de toda luz. Es el patio que huele a roscos, anís y a pestiños caseros; a sonidos de cristal tallado y cuchara de aluminio en Navidad acompasado por el almirez, la zambomba y la voz ronca del cantaor o, quizá, la de la muchacha de timbre más claro que, como en los viejos harenes, sigue renovando la costumbre de cortar la uñas al recién nacido.

Son los patios-escuela de la libre enseñanza en la lengua de las miradas y los gestos; de los primeros juegos niños y la última inocencia; de la medicina casera en la manzanilla para los ojos y la tila para el sueño; de la hierbabuena para engañar los sopicaldos y el jazmín para ahuyentar los mosquitos; de los cuentos y los refranillos al sopor de las noches de verano compartidas; el de las primeras palabras saboreadas como el vino, de forma lenta, y que como él dejan el regusto y el deseo de repetir.

De transmitir. El patio es el rincón íntimo, el gineceo, el origen de la consciencia de ser y pertenecer a un humus hondo, ancestral, recóndito, lejano e inabordable, salvo en el sentir. Es el museo vivo que será por siempre la herencia de esa nueva generación que, como la Historia, repite ciclos y vuelve al núcleo para proclamarse de Córdoba, de patios y del Sur; de este Sur cordobés sin clanes ni fronteras, abierto y acogedor siempre al viajero o al extraño.

Aunque no sea mayo. Porque hablar de Patios de Córdoba es hacerlo de generaciones, de vínculos que entroncan más allá de la familia tradicional de ahora. Es hablar de abuelos, padres, hermanos, y, sobre todo, de gentes sin sentido ni lazos de genes, que siguen compartiendo en muy pocos metros la ilusión y el dolor.

Lo hicieron, aún sin saberlo, en torno a una cocina de carbón o un petromax, de un solo retrete o una pila compartida. Son un medio que adecúa la vida con la constante presencia de la muerte. Son la perenne alusión a lo que somos y de dónde venimos. El espacio que se alegra con la llegada de una nueva vida, el que celebra el amor y engalana la muerte de flores.

El que guarda en el recuerdo la habitación principal, la de la calle, esa estancia-escaparate que lucía en otro tiempo el altarillo de Semana Santa, la Cruz de Mayo, el ajuar de las mocitas casaderas y los ataúdes blancos de los niños y de la novia que inspiraba cuadros costumbristas; el patio de las posadas y el flamenco, el de los cordeleros, los lineros, los alfayatas o el corral de los bataneros; el pan y los oficios de Córdoba, unidos inexorablemente al patio y la silla de anea anea; el patio de la maestra miga donde las niñas cosían sus primores y el de vecinos donde sentían sus primeros amores; la sombra de la parra y el zumbido de las avispas en siesta y el blanco de la dama de noche abriéndose bajo la plata de la luna. Un patio cordobés son los instantes distintos de las fechas repetidas.

Navidades, semanas santas, sanrafaeles, bodas, loterías, desahucios, alegrías, muertes o bautizos: la vida y mucho más. Los cordobeses y aquí ya se sabía; el patio es mucho más trascendente que un lugar en donde vivir y pasar los días. Va más allá. Huyendo de aromas, colores, fiestas y mayos, que también, sigue siendo un referente que distancia y determina la frontera intangible entre la Córdoba sensorial y el resto. Los Patios de Córdoba dan fe de la genética que destila el recuerdo; la constatación de la necesidad; los vínculos más allá de la familia estricta, de la que no se impone sino que se elige y que probablemente sea la que nos hace diferentes. El patio renovado, repetido, añorado, se alza por entre el urbanismo del nuevo milenio, con formas distintas y, aún así, destilando el mismo sentir.

Y si no, se perderá la memoria, el principal baluarte en donde asir unas señas de identidad únicas: más cercanas, acogedoras e intimistas; señas identificadoras del origen y la condición humana, en donde mirar y mirarse como en el agua quieta y profunda del pozo que sigue nutriendo sus pilas de granito y cal. Hoy, los Patios de Córdoba se abren generosos a Europa, porque sin ellos el Viejo Continente se vería más huérfano de Historia. La Unesco ha reconocido el patio de la convivencia y la acogida con olores a puchero para todos, a jabón de sosa y a madre compartida · Son museos vivos que expresan el orgullo de ser de Córdoba, del Sur acogedor, a compartir vida